Drama urbano (en tres partes)

21 abril, 2010 - Una respuesta

Soy insignificante.

Como un campo de fuerza que ocupa un espacio físico, pero en quien nadie repara. Una presencia transparente que sólo es lo que, cada vez, tiene detrás. Un rostro irreconocible. Un mudo entre sordos. Un extraño entre amigos.

Soy insignificante.

Sólo en el bar de Antonio me siento alguien. Me acodo en la barra y le digo, eh Antonio, pon lo de siempre. Antonio me señala con el índice de su derecha y sin dudar, sin preguntar, me sirve lo que le da la gana. Como cada día.

Nota del autor: Este breve texto, acaso fragmento de algo más largo, fue recuperado del disco duro de… vaya, queridos lectores, disculpadme pero, en este momento, soy incapaz de recordarlo.

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Laberintos

20 abril, 2010 - 3 comentarios

Las aceras embaldosadas con líneas rectas paralelas a la calzada me llevan rápido de esquina a esquina. Las que trazan diagonales me invitan a parar en cada escaparate. Las que dibujan ondas, como en Las Ramblas, convierten mi devenir en un solo de Charlie Parker.



Electricidad estática

19 abril, 2010 - 3 comentarios

Entro en el metro con los cascos puestos, con el chisporroteo de la radio en mis oídos, incapaz de sintonizar ninguna emisora. Cierro los ojos y merodeando alrededor de la estática capto voces, primero, y después las oigo con claridad. Psicofonías directas del averno, sin duda. O, tal vez, sólo sea mi vecina de asiento, contando sus desdichas y mezquindades a una amiga, que pese a todo, parece más viva que muerta.

El chubasquero

9 abril, 2010 - 17 comentarios

Mañana va a llover, dijo Matías Orozco ante el pelotón de fusilamiento. A la voz de fuego del sargento Romero, los seis soldados que formaban el pelotón dispararon y Matías cayó al suelo, derrotado por la vida. Cuando los soldados se retiraron, el sargento se acercó al cuerpo de Matías y contó los impactos de bala; sólo cinco. Furioso se dirigió al barracón, el cobarde que había fallado el disparo se iba a enterar de quién era él, pero no le hizo falta preguntarlo. Hipólito González preparaba sobre su catre la ropa del día siguiente, de permiso; entre las prendas seleccionadas estaba el chubasquero.

Imagen y semejanza

7 abril, 2010 - 5 comentarios
Los doctores Walter Crea y Nathan Walcot, tras toda una vida dedicada al conocimiento del universo, el primero, y al origen de la vida, el segundo, decidieron ocupar su jubilación en la creación de lo más parecido al Hombre que pudieran alcanzar: un robot antropomorfo. El doctor Crea puso todo su talento al servicio del software de inteligencia artificial más sofisticado que se había creado nunca. Los conocimientos de biología del doctor Walcot desembocaron en una piel artificial casi perfecta en color y textura, amén del cabello, uñas y dientes que servirían para que el robot no careciera de ninguno de los detalles que lo acercaran a la humanidad con la que los dos científicos soñaban.
Así, llegó el día de ponerlo en funcionamiento. Crea y Walcot cruzaron los dedos y pulsaron el botón de On, que pese a los enormes adelantos científicos producidos en los últimos años, seguía siendo la forma habitual de poner en marcha todos los ingenios electrónicos. El Homo Electricus, que así decidieron llamarlo, se puso en pie con agilidad, analizó su entorno admirado y, agradecido, saludó a sus creadores.
Tras seguir durante unos minutos las evoluciones de su obra, Walcot y Crea se miraron y coincidieron en que, en este orden y no en otro, sintieron sorpresa, alegría, inquietud, temor y repulsión. No pudieron evitar preguntarse en cuál de estas fases se encontraría Dios, ahora, con respecto al ser humano.

Adultopsia

5 abril, 2010 - 11 comentarios
¿Pero qué os pasa? ¿Os parezco muerto? Sara, menos mal que has venido, cómo me alegro de verte. Diles que no estoy muerto, que esto ya me ha ocurrido otras veces, que despertaré en unos días. Vamos Sara, díselo. O díselo tú, Kike. Pero tú no eres Kike. Acércate un poco más que no te veo bien. ¿Quién coño eres tú? ¿Y qué haces con mi Sara, por qué la abrazas? ¿Cariño qué haces abrazada a ese poli? ¿Por qué no le dices que no me pasa nada? ¿Por qué estás de acuerdo en que me hagan la autopsia?

Próxima estación, Penitents

29 marzo, 2010 - 8 comentarios

¡Imbéciles!
Mira a la parejita que se le ha sentado enfrente, en el metro, y no puede evitarlo. Con las manos en el regazo los observa y adivina sufrimiento en las caricias torpes, anticipa dolor donde ahora sólo hay goce y placer.
La pareja comienza a sentirse incómoda, observada, y el chico está a punto de decir algo, pero ella lo frena, quiere una tarde tranquila. 
El hombre se apoya en el asiento para levantarse. Sólo entonces separa las manos. Sólo entonces, los chicos, ven con asco que le falta el dedo anular de la mano derecha.

Derecho canónico

25 marzo, 2010 - 4 comentarios
Me quedé quieto, escuchando. A mis oídos llegó un susurro, no sé si de rezos o blasfemias. Pasos inquietos sobre el parquet que, a veces, se amortiguaban en la alfombra que había bajo la mesa del despacho, lo delataban. Uno de los sobres me lo llevaba de vuelta, pero el otro, el más abultado, se quedó junto al plumier. Oí el crujido del papel cuando lo abrió. Unos segundos después sonó un ruido, como un golpe seco. Me ajusté el alzacuellos y guardé las fotos que el cardenal me había arrojado a la cara. Mientras las devolvía a su sobre creí verlas humear; como una Beretta recién disparada.

Exorcismo

23 marzo, 2010 - 8 comentarios
Había sido un exorcismo de manual. No me dejé impresionar cuando hizo girar su cabeza trescientos sesenta grados, ni pestañeé cuando las convulsiones la levantaron un metro sobre la cama. Me tragué el asco que me produjo su vómito verde e ignoré sus mentiras e insultos con esa voz que surgía de sus entrañas. Y cuando vi a la niña en peligro de muerte, la agarré por el cuello y grité a Satán que entrara en mi cuerpo para después lanzarme por la ventana. Sólo olvidé asegurarme de que la ventana estuviera abierta. Y aquí estoy; humillado, herido y poseído.

El viejo-burbuja

13 marzo, 2010 - 17 comentarios
Prisionero de su esfera, el viejo-burbuja tiene miedo.
Hace muchos años fue bebé-burbuja, mal asunto, dijo el médico. Pero el bebé-burbuja vivió y se convirtió en el chico-burbuja, su mundo virtual esterilizado, al final del pasillo. Pese al doctor, que negaba con la cabeza, el chico se hizo hombre-burbuja, se casó con una mujer que conoció por internet a la que nunca acarició, nunca olió, sólo pudo ver y amar a distancia y en sueños. 
El viejo se muere en su burbuja. Mira a través del cristal pero no ve más que reflejos.